miércoles, 23 de diciembre de 2009

brasita de fuego


Leíamos Oh! los colores, de Jorge Luján, con los más chiquitos de la escuela de Aparicio.

Me detuve en la página del rojo: -¿Conocen algún pájaro rojo?

-El llamita- dijo Facundo Arana, seis años, ojos negros.

-No olvides esto que me dijiste, Facu. Después lo escribimos-dije yo suspendida en la imagen intensa que traía un niño tan pequeño, hasta el aula.


Y después, Facundo escribió su pequeño poema.

Más bien, me dictó para que yo escriba, él todavía estaba aprendiendo las primeras letras.


El rojo
está en el llamita
que canta
a la tarde
en el árbol seco
de mi casa.


El llamita es el brasita, ese pájaro que arde en el aire.

Me sorprende cómo saben de mirar pájaros, de nombrar pájaros estos pibes.

Hablé de esto con Graciela San Román y ella, tantos años en el campo, también sabía del brasita, de su rojo, de su aparición a fines del invierno.

Entonces fue la poesía:



canta
a la tarde
en el árbol seco
de mi casa

escribió
facundo
en su cuaderno

el brasita llega
al final del invierno

en los años en el campo
dice graciela
esperaba
el aleteo
que anuncia la luz

el rojo
arde
la tierra


después
septiembre
con todos sus pájaros
trae el olvido
de los detalles

aunque el brasita
viene y va
por el aire
ya no lo vemos
explica

hasta que vuelvan
el invierno
y el hambre


laura forchetti

diciembre 2009


I giorni rubati

En una palabra, ¿no os ha pasado eso de leer levantando la cabeza?”
R.Barthes


-¿Qué pasó? –me pregunta Vittorio, dejando su libro sobre las rodillas.
Como no le contesto, insiste:
-¿Qué te pasó, mamá?
Me inquieta descubrir lo que puede ver de mí.
-¿Por qué me preguntás qué pasó?
-Porque te quedaste así, no sé, quieta…
Sé de qué habla, dice quieta porque no encuentra otra palabra para nombrar lo que pasó:
Yo leía, el pequeño libro de Pasolini en la mano y de pronto, levanté la cabeza, los ojos del libro, como si me hubieran llamado o herido.
Mi hijo dice quieta aunque hace más de media hora que los dos estamos quietos, leyendo.
Pero dice quieta porque no halla palabras, todavía, para decir el salto del alma, la conmoción, la agitación intensa que vio desplegarse dentro de mí en ese momento, cuando levanté la cabeza de la página.
Todavía no sabe cómo nombrar el peligro que acecha la siesta, en el living de la casa de la abuela, cuando estamos los dos en el sillón, cada uno con su libro.
Y sin embargo, pregunta y la pregunta devela que a sus nueve años ya descubrió que algo puede pasar mientras uno lee.
-¿Qué te pasó?
Su voz clara me trae de vuelta de la visión fugaz, del vacío de la poesía.
Busco el cuaderno y escribo I giorni rubati, como si fuera un título, mientras Vittorio vuelve a su Tierra de monstruos.
En la alfombra, la perra baja las orejas y se duerme.

Laura Forchetti
14 de diciembre de 2009

y mancha la nieve de azafrán...


¿Qué pasa cuando una osa hace pis en el Polo Norte?

Eso se pregunta/se contesta Laura Devetach en Cuidado con la osa.

En la escuela y en el jardín de Aparicio, jugamos a preguntas parecidas.

Aquí van dos resultados:


Cuidado con el tigre


Cuando el tigre se despertó, se hizo pis en la palmera.
En la palmera había una yarará negro con verde y naranja y le picó la cabeza.
El tigre rugió: GRRRRRR! Y se cayeron todos los cocos de la palmera en la cabeza del león.
El león rugió y el rugido fue tan fuerte que los loros se despertaron y salieron volando.
El bochinche de los loros despertó al elefante que se asustó e hizo BRUUUUMMMM!
Con el bochinche del elefante, la hormiga se despertó y lo picó al tigre que del susto se hizo pis en la palmera.


Los chicos de 1° ciclo, de escuela primaria.



Problemas con el caballo


Cuando el caballo se despertó hizo pis en la calle.
Pasó un gallo amarillo y se mojó la pata en el charco.
Dejó una huella hasta el campo de la oveja.
La oveja siguió la huella y llegó al granero.
En el granero, la gallina estaba con los pollitos comiendo maíz.
La oveja vio una montaña de fardos y se subió y se durmió.
El caballo siguió la huella del gallo y encontró a la oveja durmiendo.
El caballo la despertó y le dijo:
-Andá para allá que te van a esquilar.Y la oveja fue porque hacía calor y se quería sacar el sobretodo blanco.


Los pibes del jardín de Aparicio

Aparicio, noviembre de 2009.
Todo el año esperamos la lluvia.
Por eso, cuando llegó ese lunes, teníamos que tocarla, beberla, olerla.
Teníamos que mirar caer la lluvia, el agua dulce, la tierra devoradora.


-Seño, ¿podemos abrir la ventana y ver cómo llueve?
Abrimos la ventana y miramos felices la lluvia sobre el patio de la escuela, la lluvia entre los eucaliptus, los pájaros de la lluvia, la lluvia mansa.
-¿Quieren escribir la lluvia? -les pregunté después y entre todos, ellos me dictaban, yo escribía en el pizarrón, hicimos nuestra enumeración de la lluvia..


Por fin llegó la lluvia
La lluvia que refresca el aire y hace bien al campo.
La lluvia que salva.
La lluvia que humedece la tierra.
La lluvia que hace feliz al pasto y al trigo.
La lluvia larga que dure toda la semana.
La lluvia que hace barro para andar en bici por los charcos.
La lluvia para la liebre que salta entre la cebada.
La lluvia para el chancho que se revuelca.
La lluvia para el caballo que corre bajo el agua, lleno de felicidad.
La lluvia para abrir la ventana de la escuela y verla caer.


Los chicos de 2° ciclo, primaria.


Algo viejo
algo tibio
algo que te hace reír
algo que te hace llorar
algo que brilla como el oro:
la memoria

En la escuela de Aparicio, con los chicos de 10/11 años, leímos
Guillermo Jorge Manuel José de Mem Fox, editorial Ekaré
y nos dieron ganas de hablar de nuestros abuelos.


El abuelo Pichi

Se llama Abel Alfredo Campos.
Voy todos los días a la casa. Vive en el barrio de Aparicio.
Una vez, en el arroyo, veníamos en su camioneta toda destartalada y nos caímos en un pozo.
El abuelo se enojó con nosotros porque no le avisamos.
Después se fue a bajar de la camioneta y se le trancó la puerta. Tuvimos que pegar con una pala a la puerta.
Ese día no pescamos nada en el arroyo, pero el abuelo dice que lo pasó bien porque nos contó cuentos, tomamos mate y comimos masitas.

Tiago Campos

Mi abuelo José

Mi abuelo José ya no está, pero me acuerdo de él.
Me acuerdo cuando corríamos a las gallinas y una vez que cazamos una paloma; la desplumamos y la queríamos comer.
También me acuerdo cuando practicábamos puntería a la botella, con la gomera y cuando jugábamos al tejo en el patio de la casa de él.

Federico Matteucci


Mi tío y yo


Se llamaba Alfredo.
Con él, los fines de semana, me iba al campo.
Después de comer un asado, salíamos a cazar peludos.
El tío me enseñaba cómo atraparlos cuando están en la cueva, para no lastimarlos.
Los sacábamos echándoles agua y luego los poníamos en una jaula para cuidarlos y alimentarlos con trigo y leche.
Nos divertíamos mucho.
Hoy lo extraño porque ya no está, pero me dejó un recuerdo muy lindo.

Luciano Altamirano


Abuelo Raúl

Raúl es mi abuelo.
En las vacaciones de verano fui a visitarlo al campo.
Le ayudé a esquilar ovejas, con mi primo y mi tío.
Y en las vacaciones de invierno, le ayudé a armar un corral para encerrar a los caballos.
No los podíamos encerrar y por allá, se metieron en el corral el petiso, la estrella, el tobado y el lobuno.
El petiso se salía del corral por debajo del alambre, entonces agarré al lobuno y me fui a encerrar las ovejas.

Damián Laplaza

sábado, 19 de diciembre de 2009

Algo que pasa en el cielo

video

Leer, casi tanto como respirar, es nuestra función esencial.

A.Manguel

Imágenes de un año de palabras en la escuela de Aparicio.

domingo, 5 de julio de 2009

Oh, el negro!


La noche
nos sigue
nos atrapa
nos envuelve
y nos deja
hasta la noche que viene.

Amparo Leoz


jueves, 2 de julio de 2009

Luna llena


Esperando la luna llena que viene el martes 7
comparto foto de luna llena saliendo del mar de Monte Hermoso
y el recuerdo de un viernes especial:


Levanto mi copa
invito a la luna
con mi sombra somos tres

Li Po

El 29 de junio de 2007 la luna ya estaba casi llena.
Todavía no eran las seis de la tarde cuando nos estábamos preparando para empezar con nuestro taller literario de los viernes, en El árbol del cielo, acá en Dorrego. Entonces, mi amiga Diana, abrió la puerta y nos hizo una invitación: -Salgan a ver la luna!
Cruzamos de esquina para verla: baja, enorme, amarilla, brillante en el cielo helado, todavía celeste.
No había otra cosa más que pensar en la luna, escribir la luna.
Y eso hicimos. Hicieron ellos.
Estos niños como los poetas de siempre.


La luna juega con el aire
me mira
sólo me mira
empieza a derretirse.

Una luna azul como las moras
Una luna naranja como la llama

Jazmín Briatore(7 años)


Luna celeste como el cielo cuando amanece.
Luna blanca como parece.
Luna negra como el cielo cuando oscurece.

Una luna azul como un cuaderno cerrado.

Agustina González ( 9 años)


La luna se derrite como la manteca
La luna se derrite y se aplasta
A la luna se le caen gotas de jabón
La luna se derrite y se hace chiquita
La luna se derrite y se derrite y se va derritiendo


Soy luna y miro los árboles
Soy luna y no me muevo
Soy sólo luna
Yo la miro y soy luna
Soy luna congelada
Soy luna y miro todo
Sólo miro y miro

Isabella Briatore (9 años)



La luna se parece
a un tarro de miel
recién cosechada,
a veces blanca
y otras color dorada.

Marina Chiaradia ( 9 años)



Árbol blanco
uva blanca
nena blanca
esta luna con hilo.

Victorio Lemus ( 6 años)
Te regalo una luna de madera
de tierra del campo
de escarcha
de fierro y de fuego.
Te regalo esta luna.

Federico Matteucci

Te regalo
una luna de caballo
que dispara
por el potrero negro
del cielo.

Matías Pinella

La noche


En el jardín de infantes de Aparicio leímos
La niña que iluminó la noche de Ray Bradbury,
el bonito libro de Ediciones De la flor.
Después los pibes me contaron las cosas que encienden en sus noches, a orillas del campo:


Cuando se enciende la noche

Cuando se enciende la noche
se encienden las estrellas, la luna,
los bichitos de luz,
las lámparas y la oscuridad,
los bichitos negros,
los cometas y las polillas.

Cuando se enciende la noche
se escuchan los grillos, las ranas,
los buhós, la lluvia, las palomas
las vacas y los toros,
los teros, los murciélagos
y los gatos arriba del techo.

Cuando se enciende la noche
se huele la sopa,
el pollo con papas,
el perro que viene a dormir,
el jabón de las sábanas,
los perfumes.

Cuando se enciende la noche
miro la luna desde la ventana,
miro los árboles que se ponen oscuros,
miro la tele, los dibujitos,
me apuro a volver a casa,
llamo a mi mamá y le cuento algo.

¡Oh los colores!


Leímos los pequeños poemas de Jorge Luján,
soñamos con las acuarelas de Piet Grobler:
¡Oh, los colores!


En una pequeña semilla
cabe todo el verde,
cabe el trébol, cabe la ceiba,
cabe la selva entera.


El beige
se durmió en la arena
de tanto que lo arrulla
la marea.


El azul
está todo arriba,
salvo en unas flores
y en los ojos de María.


¡Oh, los colores!
Jorge Luján-Piet Grobler
Editorial Comunicarte

Un pájaro
debajo
de la tiniebla.
Una cara
de tiniebla feliz.
La tiniebla rosada
tapa
el magnífico
celeste
del cielo.

Jazmín Briatore

UCursivan nubarrón
invade
la hoja blanca,
blanquísima
en la que
reinaba
una flor
como la más hermosa
del mundo.

Marina Chiaradía

Oh! El azul
el azul del mar
con el marrón,
un marrón en el barquito.
Oh! El marrón,
marrón piedra,
se metió en el puente
que cruzó el barquito.
Y los pececitos
violetas.
Oh! El violeta.
Oh! El color
hoja seca
del sol atardecer
y el rojo.
Oh! El rojo
de la estrella
de mar.


Vittorio Lemus

La luna de miel
era una media luna
se agrandó
se agrandó
y se hizo luna llena.

Belén Menna

Crónica de un cuento en la escuela de Aparicio







Crónica de un cuento escrito después de leer Aventuras y Desventuras del Casiperro del Hambre, de Graciela Montes, con los pibes de la Escuela N° 2 de Aparicio.
Cuento: Matías Menna, Jonathan Perrone, Santiago Locatti, Agustina Laplaza, Candela Duhalde, Tiago Campos, Federico Matteucci, Matías Pinella, Mariana Pinella, Sofía Pinella, Marianela Arana, Agustina Jensen, Milagros Buffarini, Damián Laplaza, Miryam Carabajal
Crónica: Laura Forchetti
Escrito entre agosto de 2008 y marzo de 2009






La buena de la Zorra

Los chicos ya contaron esta historia entre todos, palabra más palabra; yo la escribí en el pizarrón, al dictado.
Pero ahora quiero contar de dónde vino, cómo creció, se fue tejiendo de mano en mano y se hizo importante.
Es la misma historia de siempre, que contamos una y otra vez en distintas lenguas, una historia sobre la vida y la muerte, nada original, lo saben.

La Zorra era hija de la Pantera, dijeron los pibes. Nació el invierno pasado. La Pantera se metió en una cueva de peludo para que nazca. Nacieron como diez cachorros y no se murió ni uno solo. La Pantera sabía que iba a llover esa noche, por eso, cuando la panza le anunció que nacían los cachorros, se metió en una cueva de peludo y esperó.
Eso me lo contaron los pibes. Al principio no les creí, pensé que era puro invento, porque yo nunca vi un perro metido en una cueva de peludo, pero ellos dicen que sí, que se meten. Matías contó que el Cuzco duerme en una cueva que está del otro lado de la calle. Cuando el Cuzco se hizo perro de la casa, le hicieron una cucha con chapas y madera, pero no hubo caso, el Cuzco, de noche, se mete en la cueva.
Por eso cuando me lo explicaron yo lo escribí tal cual:


Capítulo 1: De cuando nació la Zorra

Nací en Aparicio, una noche de invierno, llovía. Mi madre, la Pantera, se había metido en una cueva de peludo. Allí nacimos diez cachorros, cuatro perros y seis perras.
Yo estaba con los ojos cerrados y sentí un olor rico, como a panqueques. Me arrastré entre mis hermanos y busqué la teta. Me puse a tomar la leche, me sentí contenta y tranquila, aunque escuchaba los truenos afuera.
Yo era una cachorrita flaca y amarilla como un tigre.


Hasta ahí escribimos el primer día, porque después fue el recreo y el patio.
Los chicos me llevaron a la tranquera para que conozca a la Zorra, nunca había prestado atención a su presencia mansa. Ellos dijeron que desde marzo estaba ahí, cuando empezaron las clases; hacía como ellos: turno tarde en la escuela.
La Zorra sabía que la tranquera era un buen lugar. Podía entretenerse con el griterío de pibes, el ir y venir, alguna caricia que le alcanzaban, algún hueso. Casi como cuando vivía con los nueve hermanos.


Capítulo 2: El sueño de la Zorra

Crecí rápido, ahora soy un poco más alta, tengo las orejas cortas y levantadas, atentas cuando me hablan mis amigos de la escuela. Dicen que parece que sonrío cuando me dan de comer, como hoy que Matías me trajo un hueso de oveja.
Ah! No les conté que estoy todo el día echada en la tranquera de la escuela. Ese es mi paraíso. Ahí juego con los chicos, me echo bajo la sombra del pino y recibo huesos y pedazos de carne.


Eso me dictaron el lunes siguiente. Ya no me acuerdo que día de julio era, hacía frío, en el recreo había que saltar al elástico para calentarse los pies. Pero en el aula se estaba bien.
Mientras tomaban la leche, empezaron a contarme la semana de la Zorra, sus escapadas, sus siestas en la tranquera.
Siendo personaje de cuento, todos hablaban de ella ahora.
Hasta los pibes grandes, los de la secundaria, se acercaban a saludarla.
Yo también. Fue a la primera que busqué cuando bajé de la combi de Mario.
Y recuerdo a la mamá de Tiago hablándome de la Zorra:
-¿Así que están escribiendo un cuento de la perra?
-Sí, les propuse contar la historia de un perro como en un libro que estamos leyendo y quisieron contar la historia de la Zorra, porque es la perra de todos.


Capítulo 3: Conozco un amigo

Mendieta es cruza con galgo, marrón claro y blanco, no es muy flaco.
Viene a la tardecita a visitarme, me regala una caricia con su cabeza. A veces me trae un hueso, algo de carne.
Nos gusta ir a la plaza a pasear. También nos gusta ir al arroyo, tomar agua fresca o jugar mojándonos cuando hace calor. Tal vez, en unos meses, nazcan nuestros cachorritos y entonces el paraíso será completo.


El capítulo tres lo hicimos el mismo lunes que el dos. Querían contar que andaba un perro rondando a la Zorra, el Mendienta, otro vagabundo.
-Es el novio- decían riéndose –Van a tener cachorritos.
Antes de pedirme que escriba en el pizarrón, discutieron sobre Mendieta, algunos decían que ese no era el verdadero nombre, otros que era muy viejo para ser novio de la Zorra, otros que de galgo no tiene nada.
Me gusta cuando discuten entre ellos, es una manera de conocerlos.
Me gusta interrumpirlos para preguntarles cosas sobre las que ellos saben, cosas del campo, de la gente del pueblo.
Me gusta preguntarles por los animales que tienen en sus casas, cómo llegaron, los nombres, los colores y tamaños, quién les da de comer, dónde duermen.
A ellos les gusta hablar de sus animales.
Me gusta cuando tienen ganas de contarme cosas.
Me gusta cuando me cuentan sin que pregunte, aunque no sean cosas lindas.
Como la tardé que volví, después de las vacaciones.

Con los tres capítulos del cuento estaba bien. Terminaba con la Zorra esperando que nazcan sus cachorros, ellos habían elegido ese final, ese pequeño paraíso para la colorada.
Hicimos una hojita con el cuento impreso, cada uno dibujó los capítulos a su imaginación y se llevaron la edición a casa para leerla en familia.
Pero cuando volví de las vacaciones de invierno, ese mediodía, los pibes me esperaban en la puerta de la escuela con apuro para contarme.
-Se murió la Zorra, la atropelló una camioneta.
-Ni siquiera paró a levantarla o para ver qué le había hecho.
-La dejó ahí tirada.
-La encontró mi papá, pero ya estaba muerta.
Después, cuando entramos al aula, me contaron con detalles.
Alguien dijo que teníamos que agregar un capítulo más al cuento.
Entonces, sin que yo alcance a decir nada, Matías me dio la orden:
-Dele, escriba en el pizarrón: Capítulo Cuatro: Mendieta triste.


Capítulo 4: Mendieta triste

Pasa todos los días llorando. Extraña, aúlla como un lobo. Viene todas las tardes a la tranquera del paraíso, pero está seco. La busca por todos lados, pero no está. Entonces se va triste, se echa en la orilla del arroyo y no puede dormir.
Zorra fue atropellada por una camioneta.

domingo, 31 de mayo de 2009

Bajo las estrellas



Relatos nacidos de la lectura del cuento de Primavera, 12.000 años de historia bonaerense.
Del libro: Bajo las estrellas, de Roberta Iannamico, Editorial Vacasagrada.


Relato de Pablo Lemus:


Estaba durmiendo y me despertó un grillo que se subió a mi brazo.
Me levanté y salí afuera.
Estaba todo oscuro, me tropecé con una lanza de Noche.
Me tropecé, me caí y me corté.
Tirado en el suelo vi una estrella muy roja y grande.
Fui a despertar a Cielo para mostrársela.
Ella me dijo que era el alma del abuelo.
Se nos ocurrió bajarla.
Agarré la lanza y la tiré, pero la estrella que cayó fue otra.
Igual fuimos a buscarla, pero cuando nos acercábamos, la estrella se alejaba, la estrella parecía que caía pero después volaba.



Relato de Agustina González Simón:

Yo tenía la fantasía de cazar una estrella.
Estuve pensando noche tras noche como cazar una estrella.
Una tarde caminé por la montaña de la luna de mi sueño y encontré una madera y dos piedras y con eso me puse a fabricar una lanza.
Yo no sabía, no me imaginaba para qué lo estaba haciendo, solamente lo hacía y lo hacía.
Pero cuando terminé la lanza me di cuenta.
Pensé: - Esto me puede servir para cazar una estrella.¿Pero qué estrella? – me preguntaba.
Y por fin me dije: - ¿Y si cazo la estrella de la niebla?
Una noche en la cima de la montaña de la luna de mi sueño, empecé a tirar con la lanza, tiré y tiré y cayó la estrella como si fuera un cohete que cae rápido, muy rápido.
Yo no escuché a la estrella cuando cayó.
Después de unos días, sentí un ruido y era la estrella de la niebla.
La guardé, la conservé muchos años, ya no me acordaba que tenía guardada una estrella, la estrella de la niebla.
La conservé y la conservé hasta que ella me dijo: -Quisiera volver allá, allá arriba, donde yo vivía.
Entonces, una tarde la dejé libre; flotó y flotó hasta llegar ahí arriba.
Por un momento pensé que fue un sueño corto, lleno de misterio, como ella que me charlaba, me contaba que era la estrella de la niebla.
Duró poco, pero alegró mucho.
La estrella de la niebla sólo fue eso, soñar una noche de niebla.

Los camisones de la abuela y los pibes


Cuando el viernes llegaron los pibes y vieron los camisones colgados de vidrieras y paredes del taller, preguntaron por qué todos los camisones, todos blancos, de quién eran.

Entonces leímos el poema de Roberta Iannamico: Los camisones de la abuela.

Lo leímos dos o tres veces, preguntando y pensando.

Les gustó el juego de descubrir entre los camisones colgados, aquellos parecidos a los que Roberta enumera en el poema: ese es el campesino, aquella la enagua, y el vestido de ángel? y el marino?

En la mesa estaban los libros de Roberta, leímos más de sus poemas.

Leyeron en voz alta preguntando por qué no tenían puntuación, comentaron que se hacía difícil leerlos en voz alta, así. Los invité a leerlos varias veces, a descubrir la manera de hacerlo, vimos que había distintas formas, que uno podría elegir, encontrar el ritmo, el sentido en esa lectura. Marina se animó a poner ella la puntuación, con lápiz negro, en una copia. -¿Puedo ponerle los signos, preguntó?

Mientras leíamos nacían las ganas de escribir.

-¿Quieren probar con un poema?

-Sí, dale, escribamos.




Marina y Roberta


Vinieron el zorro blanco, el zorro gris, el zorro colorado.
Una manada de cada especie, hambrientos.
Un borracho que está tomando vino, les dio.
Empezaron a aullar, porque
no sabían hablar, pero se hacían entender clarísimo.
Bah! No tan clarísimo,
estaban medio borrachos
por el vino o licor.
Se empezaron a amodorrar.
Empezó a llover, una tormenta muy grande.
La lluvia, los desconcertaba. Los ponía loquitos.
La borrachera.
La lluvia.
La modorra.
La locura.
Se terminaron muriendo.
Yo me quedé con el brillo de sus ojos.

Marina Chiaradia

Los tres versos en cursiva pertenecen a Roberta Iannamico, de El zorro blanco, el zorro gris, el zorro colorado.

Viernes 29 de mayo: Roberta Iannamico en Dorrego


De: El collar de fideos
Roberta Iannamico
Editorial Vox


Los camisones de mi abuela
mi única herencia
junto con el juego de té
y la sopera
son unos camisones
que están fuera
de la realidad
todos blancos
hay uno ideal
para andar entre gramíneas
campesino
sencillo
de una belleza natural
después
una enagua con breteles de cintas
parienta del mar
por su erotismo
dos enagüitas más cortas
púberes
y otro camisón
largo
que más bien parece
el vestido de un ángel.
Todavía no los usé
pero voy a empezar.



Roberta Iannamico en El árbol del cielo:


Por una noche de viernes habitamos el mundo mágico de sus poemas
y sus canciones.
Dormimos al sol, entre los yuyos
escuchamos la respiración de los árboles
dejamos que nos lleven de una mano como un corazón
y que nos instruyan las hormigas y los niños.

Gracias, Roberta!

De: Muchos poemas
Editorial: Y si salgo y me hiere un rayo:
Gran Pájaro

Hay un gran pájaro
en el cielo
encima de mi casa
su forma es de pterodáctilo
blanco puro
como si estuviera hecho de nubes
tan grande
que ocupa todo el cielo
sus alas largas
se curvan en las puntas
acá abajo hay viento
y él casi no se mueve
apenas avanza
contrario al viento
sin mover las alas
tal es su fuerza
tal es su altura.

lunes, 18 de mayo de 2009


Patio

El patio lleno de amapolas.
Yo sentada en la rama más baja.

El jardín húmedo,
flores que se marchitan,
hojas verdes ásperas.
Las baldosas mojadas por la lluvia.

Caigo al patio de agua,
allí me quedo.


Isabella Briatore, 9 años.



Cosas de mi sombra

Mi sombra es un hada mariposa, un monstruo en la pared.
Mi sombra camina con mis pies o se mete en la guitarra.
A veces me roba la bicicleta y se va por ahí, a dar una vuelta.
De noche, cuando se apaga la luz, mi sombra se mete en la cama y se duerme,

cansada de andar de acá para allá, todo el día, conmigo.
Pero otras noches no se duerme.
Hace dibujitos con pintura blanca o piruetas en el suelo.
Algunas noches, mi sombra se duerme tanto que a la mañana no puedo despertarla

y me tengo que ir a la escuela sin sombra, desombrada.

Valentina, María Sol, Violeta, Camila, Inés, María y Sol

un miércoles, después de jugar en la vereda a sol y sombra.

jueves, 14 de mayo de 2009


El casi-casi enojado
-lo dijo Vittorio-

Alguien bailando.
Furioso por la mitad.
Punta corta.
Ahorcados y aplastados.
Manos entre manos.
Despeinado y peinado.
Cinco nenes y dos maracas.
Soplando y riendo.
Diez ojos y diez dedos.
Congelados por el click.










Viva la vida
Historia en episodios desordenados.

Episodio uno:
Un gesto exagerado
Miércoles 19 de marzo de 2009, taller “El árbol del cielo”

Ayer, un gesto exagerado transformó la tarde en grillo.
Empezaba los talleres, el grupo de los adultos de hace tantos años.
Era la siesta, puro sol sobre Dorrego, casi nada. Dispuesta la mesa con sus sillas, las palabras.
Entonces, llegó Piche.
Apareció de pronto, su pelo blanco, la barba, su manera de llevar el cuerpo que se resiste y
en las manos que tiemblan
pesada
con todos los verdes en fila
una sandía
una bella gran sandía de regalo para la maestra.
No sabía Piche de mi encuentro con la planta de sandía al final del verano; de su paciencia esperando, en el patio, mi vuelta.
Fue el azar, esa forma leve del amor que enreda deseos y esperanzas.
toda la tarde ayer
vivimos dentro de la sandía
en el rojo
ojos
de semilla negra
sobre el mundo
y fuimos buenos
como peces que jamás tienen sed

Puedo contar, también, que había un pañuelo azul, que lo ofrecí para hacer magia, para sacar un conejo o flor que necesitaran y Piche dijo: improvisación y alegría.
Su gesto sobre el pañuelo giró el tiempo para ordenar la tarde:
improvisación y alegría
y del pañuelo sale
una sandía a rayas de todos los verdes.

Claro que después, hubo que comer la sandía
cortarla y comerla.
Más tarde, vinieron los pibes.
Una nena de seis, puro trenzas, decía: ¡Tengo taaaanta hambre!
¿Con qué caricia o palabra se cierra un taller literario?
Ayer nos despedimos comiendo lunas enormes de sandía.


Episodio dos:
Una semilla oscura
Jueves 26 de febrero de 2009, en casa.

Fue en nuestra ausencia, en el abandono del patio, mentas y jazmines.
Alguna tarde que vine hasta casa y salí para llamar a las gatas, su saludo de pasar el lomo por nuestras piernas, mordisquearnos los dedos del pie. Fue entonces que descubrí la planta con sus hojas ásperas, el festón verde y el asomo de los frutos lisos, a rayas.
Ahora que volví para disponer camas y mesas, poner los libros en su lugar, los relojes, voy al patio como quien va de visita, a conversar de lo que fue el verano.
Todavía sin herramientas ni intervenciones, escucho el movimiento del tiempo, la tierra sin agua, la vida que se ha dado una semilla oscura en el silencio de la casa vacía.
Es el enredo de los tallos que pican y las pequeñas flores amarillas abiertas al sol o cerradas como faroles a la noche. Las sandías creciendo, un mundo verde y el rojo que espero, lo dulce.
Volví a casa distraída de los almanaques y los trabajos y fue una sandía que crece, belleza de todos los verdes rastreros sobre el olvido y el calor, lo que me trajo de vuelta a mis días, a la pequeña vida de ojos abiertos, para que pruebe, de nuevo, el alimento de la poesía
ahora
en la carne de azúcar que estará para mi boca
antes del otoño.



Episodio tres:

Herbario
Martes 12 de mayo de 2009, en mi cuaderno.

esta mañana
mientras pegaba hojas
y flores
de sandía
en un papel delicado
recordé
el herbario de dickinson
que mencionó delfina

me regalaron uno
dijo
es tan hermoso
ordenaba su mano
como los versos
esa colección

lo había olvidado
hasta hoy
que busqué entre los libros
las hojas y las flores
guardadas
antes del invierno

para llevarlas
a los niños
los pequeños
que comieron
la sandía que trajo piche
se llenaron la boca
de palabras sandía
o semillas
en una rodaja pintada

pero esta mañana
mientras disponía
la vegetal transparencia
en un papel
recordé
el herbario de dickinson

me detuve
en la serie
de movimientos
de mi mano
la manera de usar los dedos
el cuerpo inclinado
el silencio

¿cuánto hace
que estoy aquí?

nadie me mira
pueden pasar dos siglos
es nada

el olor a jabón
en su vestido


Episodio cuatro:

Nace una sandía

Miércoles 6 de mayo de 2009 ,en “El árbol del cielo”

Con mi gran boca
como una rodaja de sandía.
Vino de Colombia escondida en un submarino.
La descubrió Juancito cuando la sandía flotaba
desparramada sobre una ola
que suspiraba y suspiraba
cansada de hacerla bailar.

Sol De Lucia, 7 años.

Con mi gran boca
como una rodaja de sandía.
Vino de la China en un barco.

El barco traía mil un sandías.
Yo pasaba en una lanchita cuando vi

la punta de una de las sandías
asomando por el ojo de buey.
Entré al barco a escondidas y me fui a la sala de sandías.
Agarré la más chiquita y me la llevé.
La colgué del ancla para bajarla a mi lancha,
pero se rompió y me escupió todo su jugo a la cara.
Volví a la sala de sandías.
Esta vez, busqué la más grande que había.
La tiré por la borda a mi lanchita.
La lanchita se hundió y yo me volví a casa
nadando y sin sandía.

Vittorio Lemus, 8 años.

Con mi gran boca
como una rodaja de sandía.
Vino del otro lado del mundo.
La tiraron al mar y llegó flotando a Monte Hermoso.
Un cangrejo la trajo hasta Dorrego
y le pidió a una hormiga,
a la hormiga más débil del hormiguero,
que me la traiga de regalo.
Ahora me la como
flotando en la pileta del club independiente
de panza al sol.

Violeta Mortarini, 8 años.

Con mi gran boca
como una rodaja de sandía
que nació en mi quinta.
En mi quinta tengo noventa y cinco sandías,
una para cada día del verano.
La como a la media noche y al mediodía.
Mi conejo Arturito mueve su cola emplumadita
para un lado y para el otro
porque quiere que le convide mi sandía.

Valentina Mazzón, 6 años.
Ayudas externas:
Pintura Viva la vida, de Frida Kahlo
Libro Nace una sandía, de Agustín Olavarría, Edic. De la flor



En mi niñez en Dorrego, en aquella niñez en que mi madre me hamacaba en un árbol que todavía está en la estación y que ayer descubrimos que se llama árbol del cielo, nada menos…
Roberto Juarroz, Coronel Dorrego, abril de 1990
y el grafitti
en la esquina de Lequerica e Yrigoyen
ahí, donde queda El árbol del cielo